Alejandra de Cima

"Arranqué con un proyecto muy ambicioso: la Asociación Mexicana contra el Cáncer de Mama, Fundación Cimab. Creo que mi misión en la vida está más clara que nunca y no pienso desaprovechar la oportunidad de haberla identificado. Voy a hacer algo por las mujeres de México que enfrentan lo mismo que yo."

Noviembre 2001.

Yo, como todas las mujeres que hemos pasado por un cáncer de mama, nunca pensé que ése era mi problema. Así lo reiteró mi ginecólogo, que cuando le comenté de la bolita que sentía en el pecho me dijo que me quedara tranquila: “a ti no te puede pasar eso, estás muy chica”.

Pero la intuición femenina no me dejó quedarme con los brazos cruzados e insistí…¡afortunadamente!. Siete meses después me dieron la noticia: “es cáncer y muy probablemente, por seguridad y por estética hay que quitar los dos pechos. Hoy sabemos que la tumorectomía no funciona, por lo que tendremos que irnos por la cirugía radical”. Por supuesto, nunca volví a saber nada de mi médico. Su incapacidad profesional no le permitió verme a la cara de nuevo.

Empecé a llorar al darme cuenta de lo que acababa de escuchar. Para mí la palabra cáncer iba pegada al término “muerte”. Me concedí entonces sólo tres años de existencia. En unos segundos se me vino mi vida a la mente: 30 años, recién casada, con planes de ser mamá en un futuro cercano; tres años no me servían de nada.

Sin poder aceptar esta nueva realidad regresé del médico y me fui a mi casa a seguir llorando, no quería ver a nadie, sólo ansiaba echarme a dormir. Esa noche vino toda la familia a acompañarnos –a mi esposo y a mí. Intenté ser muy fuerte pero después de un rato no pude más y me fui a mi cuarto. Él subió y me dijo muy serio: “llora todo lo que tengas que llorar hoy, porque desde mañana vamos para adelante, a enfrentar y luchar contra la enfermedad hasta vencerla”.

A la mañana siguiente todo estaba listo para partir a St. Louis Missouri, en Estados Unidos, donde mi médico familiar organizó reuniones con un equipo de oncólogos, psicólogos, cirujanos, etcétera. 

Diez días más adelante me practicaron la segunda intervención quirúrgica con el fin de quitar el resto del tumor (lo que quedó después de la biopsia) y analizar los ganglios para saber si el cáncer se había pasado al sistema linfático. No hay palabras para describir el miedo y la angustia que sentí ese tiempo. Por supuesto que antes de salir de México dejé por escrito cómo quería repartir lo que me pertenecía; estaba preparada para todo.

Llegó un momento –tres días después de la tremenda noticia– en que lo único que no soportaba era la idea de dejar a mi esposo viudo tan pronto. No quería ser yo la causa de otro sufrimiento para él, yo ya había vivido 30 años de la mejor manera: he hecho todo lo que quise, estado con quien había querido estar, estudiado lo que me gustaba y vivido donde elegí. Todo esto…y por supuesto, no haber tenido hijos. La operación salió muy bien y en menos de una semana –sólo cinco días– nos entregaron los resultados: los ganglios no estaban infectados –mi mayor preocupación. Pero los tejidos de los márgenes sí dieron positivos al cáncer por lo que hubo necesidad de intervenirme por tercera ocasión, y en ésta, limpiarlos a profundidad.

No me importó entrar al quirófano de nuevo, todo lo contrario, fui feliz de la vida –era lo de menos. Salí con el peor dolor que he sentido en mi vida. “Clasifícalo del uno al diez”, me decía la enfermera: “diez”, era mi respuesta. Otros cinco días de espera para tener los últimos estudios. Todo estaba limpio. Ya era una persona normal y el seno se salvó.

Definimos cuál sería mi tratamiento; elegimos entre quimioterapia y hormonoterapia. La radiación era obligada, porque la cirugía fue conservadora. Me decidí por la hormonoterapia –ya que si me daban quimioterapia corría el riesgo de quedar estéril. Pensé afrontarlo con la mejor de las caras y me corté el pelo chiquitito, adelantándome a su caída inminente con ese tipo de tratamientos. Pensé, también, que lo peor ya había pasado. La vida es muy irónica y creo –como me lo dijo mi doctora– que de no haberme cortado el pelo, sí me hubieran tenido que dar quimioterapia.

Pasaron otros quince días y empecé el tratamiento de radioterapia, todavía con un dolor horrible en el brazo. Sufrí cada vez que me metí a la máquina de las radiaciones, por la posición en la que debía mantenerme. Me dolía mucho, pero no estaba dispuesta a aplazar el inicio del tratamiento por nada del mundo. Quería empezar para terminar.

Los doctores me dijeron: “vas a sentirte muy cansada, a dormir más que de costumbre, a enflacar, la piel se te va a quemar y tu conteo de glóbulos rojos bajará de manera considerable”. A seis semanas de que empecé, yo no estaba cansada, no dormía más que de costumbre, sólo había enflacado un kilo, la piel estaba ligeramente más café de un lado que del otro y mi conteo de glóbulos rojos era exactamente el mismo que la semana número uno. Todo se lo debo a la actitud que tomé… a pesar de tener todo el derecho de echarme en una cama y no levantarme hasta que el tratamiento terminara (o, seguirle así de por vida). Pero decidí no permitirlo y llevar una vida lo más normal posible. Diario me levantaba a las siete para caminar cinco kilómetros y así empezar la jornada.

Ya de regreso en México me agobiaba una angustia inexplicable. Cada que veía a alguien conocido me daba taquicardia, no soportaba la idea de que me tuvieran lástima pero tampoco quería que pretendieran que nada sucedió. Hubo quien, sin decir más, me habló para invitarme a comer y platicar (como si me hubiera ido de viaje tres meses). Todavía peor, hubo quien ni siquiera habló. Mientras tanto, aprendí a vivir día a día y a sacar lo mejor de cada uno. Me convertí en una persona directa que hace lo que siente correcto, está con quiere estar y goza cada minuto.

Por otra parte, arranqué con un proyecto muy ambicioso: la Asociación Mexicana contra el Cáncer de Mama, Fundación Cimab. Creo que mi misión en la vida está más clara que nunca y no pienso desaprovechar la oportunidad de haberla identificado. Voy a hacer algo por las mujeres de México que enfrentan lo mismo que yo.

Agosto 2013.

Hoy, 2 de agosto de 2013 leo por primera vez mi testimonio escrito hace casi doce años. Decido no cambiar ni una palabra y respetar los sentimientos de aquel entonces. Algunos se han difuminado con el paso del tiempo, otros como el miedo siguen teniendo la misma fuerza y otros como la pena que sentí hacia el que fue mi marido han desaparecido por completo. Muchas sensaciones y emociones me vienen a la cabeza, pero el más importante es el profundo agradecimiento con la vida por darme tiempo para hacer muchas cosas, principalmente para ser mamá de dos hijos increíbles, de tener la oportunidad de enseñarles el mundo y de formarlos para que sean personas de bien, orgullosos de venir de una mujer como yo.







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